¿Por qué me gusta tanto ese chico?
¿Por qué me gusta tanto ese
chico?
Todas hemos pasado por la épica
experiencia de sentir como el corazón salta del pecho y la respiración se
entrecorta al pasar delante de nosotros aquel chico que sin saber a ciencia
cierta porqué, pone nuestro mundo de cabeza con sólo dirigirnos una sonrisa.Y
es precisamente eso, una ciencia. Siendo un proceso bioquímico que se lleva a
cabo en nuestro organismo y que hace que nuestro cuerpo reaccione a ese
estímulo en forma de príncipe.
Pues sí, el sentirnos
profundamente enamoradas de aquel ser de incontables atributos que hace que
veamos en sus facciones a nada menos que al padre de nuestros hijos, es gran
parte pura bioquímica.
Ahora, ¿cómo lo percibe la
adolescente? la niña que se siente como explotan sus emociones y que ignora que
sus hormonas le están jugando bromas pesadas. Todo empieza en la corteza
cerebral, donde menos imaginamos, justo allí; segregación de enzimas y hormonas
que desencadenan respuestas fisiológicas a estímulos visuales y sensoriales.
Todo esto hace sentirse enamorada de ese chico que tanto gusta. Bien sea que te
guste su físico o que vayas más allá y te encante su forma de ser, sus
sentimientos.
Desde el punto de vista social,
es completamente normal la atracción entre dos personas, pero se convierte en
todo un fenómeno la experiencia individual de quien vive ese momento. Diversas
reacciones y emociones surgen y se desarrollan en nuevas, cada vez más intensas
y profundas, y muchas veces se cae en una estado de incertidumbre donde se
desconoce el parámetro a seguir; y ciertamente no hay ninguno, al menos no uno
que se defina como patrón, ya que debido a que cada experiencia individual es
única, cada reacción es impredecible. Aunado a eso, se incluyen las necesidades
sociales, el procrear y mantener el apellido, el no ser el soltero del grupo,
miedo a la soledad.
Sin embargo, hay que prestar
especial atención, si esa chica (o chico) comienza a manifestar signos de
depresión, de desprendimiento social y por consiguiente aislamiento, esta
sensación tan intensa de saberse atraído a otro no es fácil de manejar, es un
sentimiento propio muy íntimo y difícil de compartir con quienes le rodean,
trayendo como consecuencia una incomprensión que puede resultar patológica. La
idealización del ser deseado es un rasgo característico, que desvirtúa la
realidad que vive y la que le rodea.
Es en extremo importante
mantener abierta la comunicación, la seguridad y el amparo de saberse escuchado
y atendido es de vital importancia en este laberinto emocional que atraviesa la
enamorada, apoyo familiar, mentalidad abierta y desmontaje de paradigmas
generacionales sobre la concepciones de atracción, noviazgo y relaciones
íntimas, temas tan estigmatizados y a la vez tan compartidos bajo concepciones
erradas entre padres e hijos.
Debe ser una bonita experiencia,
como madre y padre, jamás será suficientemente bueno aquel que pretenda
acercarse a nuestro capullo en flor, que apenas despierta a otros intereses que
no sean las cosas de casa y que no van más allá de un capricho simple; pero
¿qué sucede cuando el capricho adquiere rostro y personalidad? Fatalidad
total!. Es aquí donde entra en juego la madurez que se ha adquirido con los
años, se empieza a asimilar que los hijos son ciudadanos del mundo, y que tarde
o temprano iniciarán su propia familia; y todo comienza justo allí, en la
atracción, en el enamoramiento hacia otro ser humano, nunca suficientemente
bueno para la madre pero si definitivamente irresistible para la chica que ha
sido cautivada.
Socialmente la adolescencia
brota emociones cada vez más intensas y cada vez menos auto-manejables por
quienes las experimentan; es más difícil entender al más joven a medida que los
patrones cambian, la diversidad social y sexual van de la mano, y no significa
que estén reemplazando lo tradicional, simplemente hay más variedad de opciones
para escoger. La sociedad, para el adolescente o adulto joven contemporáneo, se
ha vuelto una enorme tienda de golosinas cada vez más diversa y extensa, mucho
más para escoger, y se comprende mucho tiempo para eso.
Es por ello que se entiende,
que la edad promedio para casarse se ha extendido cada vez más a los treinta y
tantos, la maternidad es una opción, no una obligación. La problemática de
embarazo adolescente y matrimonios arreglados están sectorizados a sociedades
de tercer mundo, culturalmente pobres e intelectualmente deficientes. Actualmente,
cuando un chico o chica, dice sentirse atraído y dice “me guste mucho ese
chico(a)”, lo dice con cada una de sus letras, sabiendo a que se refiere y
generalmente ya ha evaluado los aspectos que más le atraen y gustan de esa
persona.
Es indispensable, por no decir
que menos traumático simplemente, el asumir el hecho de que la atracción es una
reacción hormonal, producto de todo lo que inicia en nuestro cerebro, pero que
definitivamente la respuesta fisiológica y a la necesidad que conlleva al
deseo; y ocurre, contacto sexual con o sin sentimientos en la mesa. El ser
humano es primeramente racional, un ser de instintos, que obedece a estímulos,
y que una vez que estos son concientizados, es cuando se llaman emoción y
sentimientos.
A aquel adolescente, que se
enfrenta a esta montaña rusa de emociones encontradas y de incomprensión a sus
sentimientos, hay que orientarlo a seguir sus instintos, luego a sus valores, y
definitivamente a disfrutar la experiencia con responsabilidad y sentido común.
Las relaciones humanas son un continuo experimento social y todo comienza con
la curiosidad, con la atracción a aquello que se desconoce, se enfrenta solo o
en grupo, aquellos más osados aparentar experticia solo para sentirse más
seguros. Pero necesaria es la orientación, el fijar un norte con diversas
paradas.
La gran parte del abandono
social a aquellos seres pequeños e inexpertos, que todo lo complican y se
llaman adolescentes, justo en esa etapa de enamoramiento, cuando son peligrosos
e inaguantables, es justamente la oportunidad idónea de hacer mejores seres
humanos, con conciencia y sentimientos, mejores seres sociales, dispuestos a
experimentar con responsabilidad y sin sentirse culpables de sentir.









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