Yo solo quiero estar contigo…

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Yo solo quiero estar contigo…

Asusta un poco el escuchar estas palabras del ser amado, a menos que sea un ataque de sano romanticismo y demostración de fidelidad. Pero en una sociedad que ha restado brillo al enamoramiento continuo y a los amores épicos de Romeo y Julieta, es fácil pensar en que esa persona está obsesionada y nos imaginamos al acosador oculto detrás de nuestra sombra.

Pero pensando positivamente, la fidelidad es una cualidad que se busca casi como requisito implícito en una relación, es doloroso e incómodo cuando descubres que no eres única(o) y que no tienes el privilegio de la exclusividad de parte de tu pareja. El tercero en discordia tampoco es una excelente posición, ya que si bien sabe que ha entrado en una relación con serios quiebres que le ha dado cabida precisamente y que tarde o temprano terminara por romperse por completo; existe el riesgo de ser una(o) más del currículo aventurero del que fácil se enamora y no sabe quedarse con un solo amor.
Nuestros padres bien decían que el mantener un solo amor toda la vida es bastante fácil, actualmente la facilidad es lo que menos definiría una relación de años, sin embargo. Hay quienes apuestan a la fidelidad y a la honestidad como ingredientes claves para un amor longevo.
El enamoramiento clásico pasa por etapas que son identificables e indican en cierto modo el tipo de relación que se está construyendo; desde la atracción (o flechazo), hasta los cambios emocionales, cognitivos y hasta fisiológico que el cuerpo experimenta, ya que parte de lo que produce este proceso “amoroso” es de origen bioquímico.


Cognitivamente hablando, es decir, a nivel sensorial, el enamorado experimenta cambios en su atención, todo orientado hacia el objeto de afecto, hacia la persona del amado, descuidando a veces por completo sus otros intereses de su vida diaria. El deber ser es un sano equilibrio entre el amor experimentado y la rutina del individuo.
El tiempo se hace corto y se desea estar con la persona amada todo momento, ¿sí? Bueno es no exagerar, no idealizar la relación y mantener en todo momento la objetividad de la misma, resguardar la individualidad y si es necesario, recordársela a la pareja, sobre todo si se comienza a percibir una exacerbada atención hacia todo lo que a nosotras concierne.


¿Pero qué hacer cuando esto sucede? El objeto de amor se convierte en un pensamiento fijo, parecido a las obsesiones y a los delirios y todo lo que sucede se relaciona con la idea del amado. Es escalofriante incluso el sentirse vigilada o “protegida todo el tiempo en aras del amor. Muchas personas pasan por esto, es más común de lo que se cree, más sin embargo, muchas de esas personas guardan silencio y no se atreven a encarar oportunamente esta sensación de ahogo con su pareja, por temor mayormente, quizás a malinterpretar sus atenciones o creerse demasiado independiente, es posible, pero cuando la actitud de la pareja es exagerada y celópata, entonces es tiempo de reconocer que algo no anda bien con sus pasiones.


Quizás es interesante saberse amada y deseada, pero hay límites, como en cualquier cosa en la vida, los límites son necesarios y por demás útiles, mantienen el espacio personal y el respeto mutuo en cualquier tipo de relación interpersonal. Cosas como las continuas intromisiones en la rutina diaria, interrogatorios sobre la agenda del día, con quien hablamos o con quien no, hace entender que hay señales de un comportamiento obsesivo que si no es encarado a tiempo, puede hacerse de muy difícil manejo posterior. Entonces hay que recurrir a recordar los límites, y desechar una relación enferma antes de que sea tarde y traiga consecuencias.


Quédate con el amor interesado pero discreto. Quiero estar contigo, solo contigo pero déjame respirar también. No hay nada que enamore más que el respeto a nuestro espacio, a nuestra personalidad y a nuestro sentir. El ser humano es complejo emocionalmente y por naturaleza, todo lo analizamos y sopesamos antes de actuar; hay una maraña de voces internas con quienes consultamos cada decisión, y esto no significa que seamos esquizofrénicos, al contrario, es perfectamente sano el acostumbrado análisis de rigor.


El sentido de auto preservación pocas veces se equivoca a la hora de detectar un comportamiento obsesivo o abusivo de alguien que pretende secuestra nuestro tiempo; así que lo más idóneo es mantener la calma y poner la distancia necesaria a fin de que pueda entenderse la mejor manera de construir la relación sin que sea necesario tanto drama.

Y es que la sociedad en la que nos estamos desenvolviendo se ha vuelto dramática, y no porque seamos románticos empedernidos, es más porque las relaciones humanas tienden a ser extremistas.
Si alguien quiere estar con nosotros, es perfectamente válido siempre que no sea forzado, lo mejor y más divertido del romanticismo es que sea espontaneo y delicado, comedido y bien administrado, como cuando de niños no querías bajar del columpio; es el tipo de sensación que al enamorarse, se busca mantener. 
El enamoramiento puede representar lo contrario a la paz y a la tranquilidad, es una continua montaña rusa de emociones excesivas que varían del placer a la zozobra y del éxtasis al tormento, casi bipolarmente hablando. La pasión es ingobernable y parece tener voluntad propia, nadie puede enamorarse o desenamorarse porque lo desee.


Claramente, si no te quieres enamorar, pues lo único que puedes hacer es evita a toda costa esa persona que te gusta, y algunos dicen que lo mejor es hacernos inaccesibles a ella, antes de perder el control de nuestros sentimientos. Pero al pensarlo bien, ¿Cómo se apaga el pensamiento?, el corazón y los sentimiento no son fáciles de doblegar, la batalla entre el corazón y el cerebro es más que épica y trasciende a la humanidad.


Es válido esta alerta ante comportamientos obsesivos, pero definitivamente, si alguien solo quiere estar contigo, y solo contigo, lo mejor es disfrutarlo y no resistirse.



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